Una sujeción sólo es eso.

Una de las cosas que con más frecuencia se plantea en las reuniones de equipo, es el tema de las caídas. Todas las semanas estamos analizando las caídas, sus motivos y sus consecuencias. El tema, teniendo el perfil de usuarios que tenemos no es baladí.cinturón pélvico

Más allá del protocolo que tenemos y de las aportaciones de todos los profesionales, están las familias. El manejo de la información, la comunicación, el trabajo fluido con ellas es vital. Y no pocas veces se producen desencuentros. Unos quieren que sujeten a su familiar para prevenir. Otros nos lo deniegan terminantemente. Sobre la mesa, las consecuencias de cada traumatismo y también las consecuencias de las medidas que se emprenden para evitarlas.

No nos tomemos a la ligera estas decisiones. Lamento que algunas familias vean en nuestra actuación un objetivo oscuro. Casi se diría que están pensando que nos queremos quitar de en medio a su padre/madre/tío o lo que sea. Otros dicen que es porque no queremos trabajar ¿Que no queremos trabajar? Acaso ¿Se han planteado el trabajo que da poner esas medidas y prevenir sus consecuencias? ¿Han evaluado el trabajo con ellas y el trabajo sin ellas? Porque yo no veo tan clara esa ganancia.

Podemos equivocarnos, claro. No somos infalibles. Pero hay que dialogar y preguntar. Preguntar por qué, preguntar las consecuencias, la temporalidad, la tipología. No es cuestión de todo o nada.

Cuando se pone una medida de sujeción no se coloca a perpetuidad. Las sujeciones se revisan, se cambian, se quitan. Una vez que se ponen se supervisan, se implica a todos los colectivos y se inician programas que buscan limitar los riesgos y poder así disminuirlos. Muchas veces, se retiran. Si, se retiran.

Una sujeción no es un demonio. Sólo es un instrumento más.

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A mi madre no le ponga “eso”

Dentro del trabajo de un fisioterapeuta de residencia, al menos en la mía, está la valoración de la movilidad y su relación con el vestuario del residente. Lo que se traduce en valorar si la ropa que trae la familia se adapta o no a la movilidad del abuelo.

parodia

En una palabra, cuando se va perdiendo grado de movilidad, las piernas quedan rígidas, los brazos se doblan y la espalda se curva ¿Qué ropa es la mejor? Trabajo que compartimos con la terapeuta ocupacional del centro. En mi caso, me lleva a situaciones un tanto extrañas, como convencer a la familia sobre las bondades de unos jerseys y unos pantalones, con respecto a esos vestiditos tan bonitos y floreados que le traen.  ¿Os habéis planteado el aspecto de una abuela, con un vestido ceñidito, por la rodilla, sentada en una silla de ruedas? Pues yo os lo digo: el recuerdo permanente de la escena del cruce de piernas de “Institnto Básico”.

Es difícil asumir que nuestro padre se va deteriorando. Muchas veces escuchas aquello de que “No saben vestirle. Porque en casa lo hacía estupendamente” … hace cinco años. Pero el paso del tiempo parece detenerse en la memoria, una vez ingresan en nuestros centros. Además, hay que recordar que en casa, uno puede tener todo el tiempo del mundo. Pero, en una institución hay unos plazos para cada proceso y se deben cumplir. Y con todos los usuarios, no sólo con nuestro familiar.

Algunas veces, el problema está en la organización del tiempo, del personal, del centro en si. Pero lo que nunca haces es proponer un cambio de vestuario porque “es más cómodo para el personal”. Y eso, hay que dejarlo bien claro a los familiares. Pues muchos creen que todos nos unimos en una especie de conjura contra el abuelo. Nada más alejado de la realidad. Trabajamos con ellos, no EN CONTRA de ellos.

ropa adaptada

También se busca, dentro de la adaptación, mantener una buena imagen del residente. Otro factor es la facilidad para manipular, a lo largo de la jornada y de las distintas actividades, al residente, haciendo el menor daño posible. Pensando en asearlo, vestirlo, darle de comer, ponerle al baño, cambiarle el pañal, desvestirlo, acostarlo, cambiarle de ropa… No todo es aspecto. Hay que saber combinar los dos parámetros para mejorar el servicio que se presta. ¿Qué se busca con un vestuario más adaptado? No dificultar los movimientos que van quedando, facilitando en todo lo posible la autonomía del usuario.  Para una persona mayor, un calzado con cordones es mucho más complicado que los tipo mocasín o con velcro. Un jersey más elástico que una camisa. Con ello, puede mantener su independencia para más actividades. A todos se nos torna importante mantener esa autonomía. Los que han estado incapacitados temporalmente saben de qué hablo.

Existe otro factor a tener en cuenta. Cuando el vestuario de la persona afecta a su seguridad. Hablo del calzado. Porque el tipo de calzado ha de gustarle al dueño de los pies. Pero también ha de proporcionarle seguridad a la hora de hacer una transferencia o caminar hacia el salón común. Un calzado adaptado a su pies -que no a su edad- se hace imprescindible. Descartando muchas zapatillas geriátricas, chanclas y calcetines con puntitos para que no resbale.

El mundo del vestuario de nuestros mayores no es una pequeñez. Pues puede marcar la diferencia entre ser independiente o tener que pedir ayuda hasta para ir al baño.

 

Así me muera

FinalesLa muerte es un ave que puebla todo rincón de la vida. Pero, qué duda cabe, que se hace más presente en las residencias de mayores asistidos. Compañera lógica de la vida. Los ancianos sienten su aliento en la nuca.

Unos pasan olímpicamente de ella, de su sombra y de su aliento. Abren los ojos y se alegran de estar un día más vivos. Puede que maltrechos, pero vivos. Y agradecen poder pasar un día más con nosotros.

Otros, ni hacen caso, ni dejan de hacerlo. Abren los ojos, se dan cuenta de que han amanecido un día más y tiran para adelante, como si fuera un trabajo más. Es lo que hay. Estamos vivos, pues sigamos con las rutinas.

El siguiente grupo es el que más dolores de oído provoca a la de la guadaña. Los que sazonan toda conversación con los conocidos “¿Qué pinto yo aquí?”, “A ver si Dios se acuerda de mi”, “A ver si me muero de una vez”… Pero es un perfil que se aferra a la vida como a un clavo ardiendo, cuando creen ver el brillo en el borde de la guadaña. Dicen que quieren quitarse de en medio, pero son usuarios altamente demandantes de atención y cuidados. Son usuarios que, haciendo declaraciones más o menos evidentes de querer que se les quite ya de en medio, sus acciones no acompañan a los comentarios.

Existe un grupo más. Aquellos que realmente quieren morir. Estén bien o mal. Tengan o no familia. Sean supersimpáticos o más bordes que una esquina. Aquí nos encontramos con dos tipos. Los que llegan a buscar activamente el final y los que no hacen nada por evitarlo. Y el suicidio, por si no lo sabéis, es más frecuente entre ancianos que en cualquier otro rango de edad.

Este grupo es para el que se ha diseñado el protocolo de riesgo de suicidio. Protocolo que se activa con carácter de emergencia y que concierne a todo el equipo profesional y, si se puede, a toda la familia. Reuniones de emergencia para aunar criterios y decidir las acciones a tomar. Algo complicado. Es una gran preocupación.

En mi centro, en sus dieciocho años de existencia, hemos tenido casi una decena de suicidios. Algo que nos deja muy tocados. Si, hemos conseguido solventar otros tantos. Pero quién los recuerda. Te quedas con la herida de un trabajo que quizá pudo ser mejor, más rápido, más certero, más todo.

Ramona lleva con nosotros diez años. Es relativamente joven. Presenta una hemiplejía derecha y afasia. Usuaria de silla de ruedas eléctrica que le dio mucha libertad para moverse por el centro, participar en actividades y salir de paseo. Pero los problemas con su hija -apenas la visita y el trato es tirante-, las limitaciones progresivas y el “cansancio”, nos la pusieron en el disparadero. No es que manifieste que quiere suicidarse, así tal cual. No, es más fino. Ha dejado las actividades, no pide ayuda y presenta múltiples caídas. Tras cada una de ellas, dice que si se muere tampoco pasaría nada. Tampoco acepta ayuda para las transferencias en el baño -donde se ha caído siempre-. Se cansa rápidamente, cuando no le entiendes y se frustra más. Está más decaída, y se siente un poco desesperanzada. Suficiente para valorar un riesgo de suicidio o dejarse llevar.

Y esa realidad, ese riesgo inminente, te pone la carne de gallina.

Ahí estamos, tema de la próxima reunión general del equipo -todos los turnos-. Por nuestra cuenta, ya hemos empezado a tomar medidas.

Vilches sólo se fiaba de él mismo

ancianosCuantos más años cumplimos, más recuerdos tenemos, más historietas de abuelo cebolleta y, si, más patologías. Parece que algunos mayores hacen un intenso ejercicio de coleccionismo. Y no porque ellos quieran. De ellos ya hablaremos en otra ocasión. Algunas veces, sólo tienen un par de ellas y sus secuelas correspondientes. Pero pueden acarrear muchos problemas.

Marta es una residente joven. Se diría que está entre la juventud de la casa. Sin embargo, una hemiplejía le dificulta bastante la vida. Le ha postergado a una silla de ruedas, le ha robado la independencia para las actividades básicas de la vida diaria y le ha dificultado enormemente la comunicación con el resto de residentes y el personal.

No tiene muchos más problemas (como si fuera poco lo que he contado). Algunas cosas han mejorado, pues una silla de ruedas eléctrica le ha dado la independencia que le permite salir al banco, dar un paseo o tomar un café en una terraza. Puede ir al wc sola y sólo le han de cortar la comida.

Pero, hete aquí, que los huesos también acusan el paso de los años. Y la mano izquierda ha empezado a presentar esos bonitos dolores y deformaciones propios de procesos reumáticos.

Ah, se me olvidaba, la hemiplejía es derecha y se acompaña de una afasia motora que limita mucho su conversación. Aunque, con un algo de paciencia y sin presionar, puedes mantener una conversación con ella.

En la residencia, el médico no conseguía mejorar el dolor que dificultaba la movilidad de la UNICA mano útil de Marta. Por eso, se procedió a derivarla a los especialistas del hospital. Quizá un experto pudiera dar con el tratamiento adecuado.

A su vuelta de la consulta, me subió la tensión cuando leí el informe que trajo. Venía a decir que, como tiene deterioro cognitivo, pues que no colaboró y que sigamos con el mismo tratamiento.

¡TOMA YA! medio tonta me quedé. Marta me mostraba su malestar e indignación porque no le habían hecho nada.

Sorprendida, miré más papeles. En el informe de derivación se había colado un dato erróneo -no se de dónde salió pues lo extrae el programa de todas las historias profesionales-. Decía que tenía deterioro cognitivo. ERROR.

Pero mayor error fue el del traumatólogo de turno. Tras leer el informe no “supo” diferenciar la afasia de Marta de un deterioro cognitivo. Lo que me lleva a pensar que no se esforzó mucho en hablar con ella. Pues Marta, si no es con la palabra, es con los gestos, te cuenta lo que pasa. Trabajo en una residencia asistida, más del 20% de los usuarios presentan deterioro cognitivo en diverso grado. Y os puedo prometer que la diferencia entre la afasia y los problemas del habla que se dan en fases avanzadas del deterioro cognitivo es clara, clarísima.

Creo que todo paciente, mayor, hemipléjico, afásico, con/sin alzheimer, se merecen un esfuerzo superior por parte de todos los profesionales sanitarios que se topan con ellos. Si no es así, nuestra calidad profesional y personal queda bastante deteriorada.

Ah, tras un PAR de derivaciones más, se dio con el tratamiento adecuado. Hasta la siguiente.

“Obligue usted a mi madre”

Tú, si tú.

No descubro el final nuevo a nadie, si digo que nuestros pacientes terminan deteriorándose. Algunos lo hacen a raíz de una enfermedad aguda, un traumatismo, una cirugía, o similar.

Pero muchos llevan a cabo un proceso lento pero progresivo de “desinstalación de programas”. Que si vamos perdiendo una marcha funcional, que si necesito ayuda para ducharme, que si ahora resulta que necesito un pañal… Algunos llegan al reseteo completo.

Pero no quiero hablar de esos casos. Vamos a hablar de la aparición de pérdidas progresivas. De cierto deterioro achacado a la edad o a las patologías presentes en la persona mayor.

Por ejemplo, puede darse el caso de un usuario que no quiere acudir a fisioterapia. Se le ha valorado al ingreso y, no teniendo una patología aguda que requiera fisioterapia intensiva, se le oferta un programa de fisioterapia de mantenimiento de sus capacidades. Pero ese anciano no quiere acudir. No le gusta, no lo conoce, no le da la gana (si, si, puede que no le venga en gana, pasa a otras edades ¿por qué no va a pasar a estas?) . Pues no pasa nada. En mi caso, periódicamente, y dado que creo en los beneficios de lo que ofrezco, recuerdo el programa. En algunos casos, el roce hace el cariño y termina acudiendo. Otras veces, nos quedamos con el cariño y punto.

Pero cuando aparece una pérdida, por ejemplo una marcha más lenta o fatigosa, el uso de un bastón o un andador, la familia se pone nerviosa. Y acuden a ti para “solucionarlo”. Cuando les dices que el residente en cuestión no quiere, te responden con un “lo que tiene que hacer es obligar a mi padre”.

empujar

¿Obligarlo?¿Yo?¿Obligar a ir a un tratamiento? ¿Haríamos lo mismo con todo? Yo creo que no. Que no debemos. Por encima de mi criterio profesional, y la opinión del hijo, está la decisión del usuario -siempre hablando de un anciano cognitivamente capaz-. Por mucho que veamos la aparición de una carencia, la decisión le pertenece.  Además, el efecto puede ser contraproducente.

Yo prefiero buscar el convencimiento por la técnica de guerrilla. O más bien tipo Gila “Se de alguien que haciendo algo, mejoraría”. O el modelo Schweppes “Será que lo has probado poco”.

¿Han probado a levantar de una silla de ruedas a un abuelo, en contra de su voluntad?  Una me soltó que ya había desterronado mucho en el campo y que no quería trabajar más (y eso que le expuse todas las consecuencias que trae el dejar de caminar) ¿Qué objeto tiene que la fisioterapeuta deje en las paralelas un par de vértebras? No cuela lo de “Es por tu bien”. Saben latín. Les recuerdo que han vivido el doble que yo y se las saben casi todas.

Por debajo de esa orden perentoria de la familia, en muchos casos, subyace la necesidad de no ver el deterioro de su familiar. Asumir el principio de una pérdida de capacidad en un mayor, nos suele llevar corriendo hasta el final. Es decir, si empieza con problemas, mañana dejará de comer, pasado en la cama y al otro al cementerio. Y eso es correr mucho. La cabeza nos juega esas malas pasadas.

Pero es necesario asumir también el envejecimiento de nuestra madre o padre. Es necesario aceptar para poder ayudar. Y nunca olvidar escuchar al interesado, ver sus razones, discutirlas si es factible y respetar el resultado.

Tranquilos, yo seguiré intentando convencerlos.

El juego de la silla… de ruedas

Dentro de las múltiples e interesantes funciones de una fisioterapeuta de residencia de mayores,

sillas de ruedas está el control del tema de las ayudas técnicas para la marcha. Un campo, el de las ayudas técnicas, que compartimos con otros colegas -como los terapeutas ocupacionales-. Pero hay que repartir el trabajo, pues muchas son las ayudas técnicas y pocos los profesionales para orientar adecuadamente.

Por eso (y por una consulta de mi compañera de fatigas, Noelia), me he animado a realizar un pequeño repaso sobre el tema de las sillas de ruedas para nuestros pacientes. No sólo por la dotación de sillas del centro, sino también por dar unas pocas orientaciones enfocadas hacia las familias. Que normalmente son las que pagan.

Tipos de sillas de ruedas hay muchas. Por lo que no voy a profundizar mucho. Lo que si es general, antes de comprar una, es preguntarse tres cosas ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Para dónde?

Para qué: pensar si es para traslados, para hacer un tipo de deporte específico, de trabajo…

Para quién: Edad, tamaño, volumen, peso, patologías, capacidades presentes, si puede autopropulsarla…

Para dónde: Un piso, una casa, una institución, para todo…

Si ya nos ponemos prácticos, pensemos en sus distintas partes. Todas admiten bastantes variables. Pero la estadística nos dice que todo se queda en sota, caballo y rey. Es decir, aquella plegable para meterla en el coche o en un rincón sin que moleste, la que no se pliega y, la que menos se ve, la eléctrica (si, suena fatal, per es lo que hay).

Tanto el asiento, como el respaldo, pueden ser firmes o blandos. En cualquier caso, debe permitir un cambio de posición fácil -para prevenir las úlceras por presión-. Si el asiento es blando y va a pasar muchas horas sentado, es recomendable colocar un cojín antiescaras (mejor de los de viscoelástica). El asiento debe dejar una distancia borde-corva de 3-5 cm, una vez que esté bien sentado. También, de ancho, debe dejar unos 2,5cm para la holgura de las caderas. Debería tener una inclinación entre 1-4º Y el respaldo más adecuado debe tener una inclinación de 100-110º. Adaptaciones hay muchas, más bajos/altos, conformados a medida, cuñas para abducción, apoyos laterales para la columna, regulable en altura, sujeta bastones, cinturones para control postural…

Los reposabrazos, mejor que sean extraibles o abatibles, firmes pero no duros. Pueden tener la parte anterior rebajada para aproximarse mejor a una silla, o ser más anchos para recoger el brazo de un hemipléjico, etc

Reposapies, ¡Por amor de Dios! que sean desmontables y abatibles. Las piernas de los usuarios y los trabajadores y familiares lo agradecerán enormemente. Además, facilita su traslado y el acceso a espacios reducidos. Pueden variar en altura, incluir reposapiernas, graduables en elevación, con cinchas… Y como mínimo debería tener una distancia mínima con el suelo de 5cm.

Una parte en la que no se piensa: El chasis. Hay más pesados y menos. Si el usuario va a manejar la silla, mejor de aluminio porque es más ligera. Es recomendable la presencia de unos dispositivo antivuelco. Puede tener refuerzo para personas obesas, contrapeso para cambios en el centro de gravedad, capota…

Las ruedas pueden ser grandes, pequeñas, neumáticas o macizas. Las macizas no tendrían mantenimiento posterior. Las grandes que superan mejor las irregularidades, también son las que soportan los aros propulsores para el desplazamiento. Las pequeñas, por su parte facilitan las maniobras. Y si adaptas, pueden ser de rápida liberación, tener pivotes en los aros para problemas en la prensión de las manos…

Y lo último, y no por ello menos importantes, están los frenos. Todas tienen de estacionamiento. Peeeeero si van a pedales (apenas he visto en las residencias) o son eléctricas, necesitan también un freno de servicio para disminuir la velocidad. Y, como adaptación, pueden ponerse alargaderas, que suben el control más cerca del usuario.

En el caso de optar por una eléctrica. Recordar que la fábrica/ distribuidor, puede reducir hasta en un 50 % la velocidad máxima. Los que gustan de la fórmula 1 residencial, que creen que es un fastidio, les cuento que un residente se estampó contra una puerta de cristal y la hizo añicos, justo antes de reaccionar y soltar el mando. En una residencia, con la visión y la audición algo deterioradas y los reflejos entorpecidos -tanto de los conductores, como de los restantes residentes-, es casi de obligado cumplimiento. Diría yo que el undécimo mandamiento.

Menuda charla os he dejado. Sólo para compartir cuatro nociones sobre sillas de ruedas. La realidad es que la familia compra las plegables de uso mixto, añadiendo un cojín antiescaras (mínimo 7cm de alto, para ser eficaces, salvo personas muy pequeñas)… Quien dice comprar, dice “Me la prestaron en la parroquia y es lo que hay”.

Alertaros sobre las supermegaofertas. Nadie da duros a peseta. Y os podéis encontrar con una silla alemana tirada de precio… Con el servicio técnico también en Alemania.

Y me olvidé de Amanda

Últimamente estoy un poco manga por hombro. Para coronarlo, hoy pasamos ninguno sobra.una de las múltiples inspecciones, auditorias… o como se llame la que toca esta semana.

El caso es que, más o menos tenía la idea de tener los datos controlados. Aunque tenemos 218 plazas -casi siempre al 100%-, tenemos a gala en el departamento (mi auxiliar y servidora), conocer y relacionar nombre y cara de más del 85% de los residentes. Así que, cuando llegó mi momento de gloria, con la auditora,  estaba tranquila.

No quiero contaros la cara de sota que se me puso, cuando me pidió los datos de diez usuarios de la casa. Boba no, lo siguiente. Me faltaban datos por actualizar. Os cuento que he de evaluar el equilibrio y la marcha de todos una vez al año mínimo, escribir en el evolutivo de todos cada tres meses, evaluar unos gestos funcionales cada seis meses. También llevo la asignación, control y registro de las ayudas técnicas para la marcha y las transferencias y me encargo del control y seguimiento de las caídas que acontecen en el centro. Esto es un mínimo obligatorio a cumplimentar. Ademas de mi parte de la evaluación funcional del residente cada seis meses… Creo que olvido algo… hummm…¡Ah, si! llevo los tratamientos de fisioterapia del centro (con su seguimiento y tal).

Es mi trabajo, y ya está.  Normalmente lo llevo “levemente” atrasado, pero me aprieto un poco y lo pongo al día.

Así que entender mi desconcierto, cuando no veo los evolutivos de Manuel, con el que llevaba hablando una semana y tenía anotados en el eternocuadernitodelbolsillo un montón de datos para volcar en la historia. Y, para rematar tampoco había pasado los datos de su mujer. Ya van dos. De 218 no es nada, pero la auditoría extrae diez expedientes como muestra.

Pero lo peor, lo peor de todo, resultó ser el “olvido” de Amanda. Ella es del grupo de los asistidos-asistidos. Hemiplejía derecha, sonda nasogástrica, pautas posturales, doble incontinente, dependiente para todas las AVD, Tinetti cero, Barthel cero, Norton… Pero aún así se quien es, se cuando le pasó todo, se en qué planta está. Se quién la lleva, quien es su familia  y las infecciones que ha tenido,… Y hacía más de un año que no había hecho una anotación. Ni evolutivo, ni gestos, ni riesgo de caídas, “ni ná de ná”.

Manuel es autónomo, casi un chaval -salvando el pequeño detalle de la edad-. Pero Amanda no. Amanda requiere muchos mimos, muchos cuidados, mucha gente implicada… Y yo quedé como una desentendida… Me quedé helada. Me dolió. Me pareció una falta de respeto hacia ella.

Quizá os suene excesivo. Pero llevo quince años en la casa. Soy más antigua que muchos residentes. Y no llevo nada bien que me pillen en un renuncio.

Así las cosas, al amanecer, he cogido un poco de tierra de la maceta del balcón y he jurado, como en “Lo Que El Viento Se Llevó” que no me volverán a pillar en una situación así… ¡Faltaría más!